Fragancia del Subsuelo

Vivo en un mundo en el que cortar un árbol es un crimen penado con la inexistencia. Todas las mañanas las miembros de la comunidad salen por sus ventanas redondas, que salpican fachadas blancas granuladas de arena de mar. Las voces de los pájaros no cesan a su alrededor, porque solo saben piar, como si el mundo no les dejara volar. Pían y pían sin parar, y solo guardan silencio cuando forman bandadas que parten al amanecer en su camino, pues sienten el confortante placer de encajar, al menos en el tiempo que dure la jornada.

Cada miembro de la comunidad tiene su propio sistema de conexión en el subsuelo, que le permite estar informado y subsistir ante la aparente soledad. Sus ramificaciones en la inmensa red colectiva podrían atravesar océanos infinitos, océanos primigenios pensantes que palpitan al unísono. Unidos por la distancia, cada ser solitario emite su informe diario. Donde yo vivo la oscuridad a veces es tóxica, así que de día es importante saber nutrirse de lo que en la noche se expulsa. Las noches lunares son más íntimas. Emana en ellas el misterio de un astro que se hace evidente en la negrura.

En nuestro espacio, no hay movimiento. Cada miembro se nutre en su habitáculo indefinido de su conexión colectiva dentro de un tiempo dictado por ciclos y planos. Cada plano contiene una serie de ciclos que termina con un cambio de plano. Ni los ciclos ni los planos son simétricos. El número de ciclos necesario para cambiar de plano es aleatorio y cada plano tiene su dimensión propia. Así, no tenemos nacimientos ni cementerios. Brotamos en los planos, diseminados por pequeñas partículas suspendidas, que en ocasiones se pegan a los pájaros y logran viajar muy lejos. Siempre hemos pensado que los pájaros han sabido moverse en el tiempo finito porque las transportaban. Tal vez en algún plano pueda ser pájaro y entenderlo. Es un sueño recurrente.

Me siento en el inicio de un ciclo. Es el quinto de este plano. Existe un hilo, del que todas somos conscientes, que une estos ciclos. Es una raíz anclada en el subsuelo de nuestros habitáculos. La misma que sirve de conexión comunitaria. El mantenimiento de la conexión es fortuito, y si la conexión no ahonda en el núcleomadre que nos mantiene a todas, se puede producir un cambio de plano repentino. Los planos también están unidos de algún modo porque están superpuestos, pero de eso no se puede hablar. Solo los pájaros emiten sonido. Y a veces unos seres etéreos que mantienen el día y la noche en eterno flujo, y que forman parte de los ciclos.

En ocasiones, uno de estos seres se agita y vibra, como a veces lo hacen los pájaros, y nos emplea como instrumento. Entonces aparece el sueño. Es el momento en el que danza el sonido colorido. El sueño es un estado indescriptible. Atraviesa ciclos y planos, y emana de las raíces conectadas. Un día sentí un sueño peculiar. Venía de otro plano. A través de la conexión se encendió un resplandor intenso en el habitáculo. Normalmente es un espacio luminoso, blanco azulado, de neón natural, salvo en las noches sin luna.

En la intensidad cegadora se esparció una fragancia, y uno de los entes etéreos se agitó en las ventanas. La fragancia se volvió espesa y cobró forma de burbujas. Todo el habitáculo se llenó de ellas hasta que llegó un momento en que desapareció el habitáculo mismo. Desapareció el subsuelo y las paredes arenosas. Tuve la sensación de día eterno, del día que atraviesa planos, donde ni siquiera la luz es blanca ni existe el tiempo inmóvil. Las burbujas se movían, pegadas unas a otras, como si el aire estuviese batido. Cada una reflejaba un mundo, o tal vez un ciclo. A veces se veían nidos vacíos. Otras, marañas de hilos.

De repente, un sonido de múltiples explosiones controladas y raíces. Había raíces por todo el espacio suspendido, como si el suelo fuera transparente. Tuve una intuición. Contemplé cada miembro de la comunidad, como si hubiese habitado en ellas. Todo se volvió estático.

De las raíces emergieron montañas, y entre las montañas se formaron valles, por los valles fluían ríos, explotaban manantiales, de las montañas nubes de fuego. Me acerqué a uno de los orificios que exhalaban ese vapor de rojo vivo, de acero incandescente, y fue como si un enorme túnel me succionase al interior de la conexión colectiva. En todo momento sentía una brisa cálida y envolvente que me hacía flotar. El túnel estaba formado por anillos que se sucedían ensanchando la abertura. No era un túnel opaco sino permeable, que se teñía gradualmente y con mayor intensidad de un color verdoso y amarillento de alta luminosidad. Volvieron las burbujas, esta vez incoloras, y pude ver cómo se juntaban a mi alrededor rompiendo sus frágiles barreras para hacer una gran membrana transparente que de repente se suspendió.

A mi alrededor, infinitos miembros flotaban en su propia burbuja ascendente formando tripletes en el mejor de los casos. En algunos casos unos entes intervenían en la formación profiriéndole gravedad, por lo que caían grácilmente, o simplemente se quedaban atrás.

Se juntaron a la mía dos membranas, que ascendían con delicadeza o se suspendían conmigo sin más. En una de estas, se contaba un cuento; en la otra, no podía apreciar lo que en ella sucedía, por lo que se comenzó a escuchar la historia, con principio y fin. Y empezaba así: en un llano pedregoso de un plano familiar, existía un cuadrúpedo que sabía caminar. Tenía nombre y un sentido pesar. Estaba rodeado de criaturas que él mismo describía y que siempre creía dominar. Una noche entró en una caverna donde otros habían encendido una inmensa hoguera, en la hoguera ardían raíces, troncos y ramas. Parecía un árbol al que acababan de desconectar. De la combustión se dibujaban en la piedra sombras mágicas que bailaban sin cesar. Las sombras tenían distintas formas, que a su vez contaban la misma historia que la burbuja parecía relatar, se unían en círculos y cada vez era más fuerte el crepitar.

Las formas salieron de la piedra, cobrando dimensiones, y en un humo denso y negruzco escaparon de la caverna sin pronunciar palabra. Las perseguí fuera para ver qué hacían, y vi que se parecían a los seres etéreos de mi mundo, solo que habían tomado tanta presencia en el cuento que todo lo podían narrar. Desprendían una esencia primitiva que aquel cuadrúpedo sabía apreciar. El aire se llenó de chispas, soplaron vientos y rugieron fieras. Nada ese ser podía controlar, hasta que llegado el día, todo lo hizo disipar, y subido a las criaturas de su mundo diurno cabalgaba sin miedo queriendo volar.

En ese momento supe que estaba en un sueño del que quería despertar, así que aparté la atención de aquella membrana, buscando de nuevo la sensación de flotar. Sin apenas sentirlo, se hizo presente una niebla densa. Podía seguir apreciando mi unión en el triplete, pero tenía una sensación de pérdida de frontera. No podía contemplar mis propios límites, como un sentimiento de desnudez o una inmersión en un líquido denso y respirable. Así permanecí hasta que se hizo habitual y comencé a percibir un movimiento semejante al de los pájaros, pero sin tiempo. Y en mi caso no transportaba nada conmigo, ni había jornada cuyo destino quisiese alcanzar.

Volvió la luz de neón azul lunar, la sensación de arena y la conexión con el sólido subsuelo colectivo. Un despertar del sueño que dejó un poso que no podía determinar. Durante ese día tuve de forma insistente una lejana ingravidez en el habitáculo, que se fue disipando poco a poco, y recobré la conexión, la raíz y el sonido de piar que entraba por las ventanas. Ese día supe que había cambiado de ciclo porque mis ventanas se habían transformado en una colmena de celdas circulares, emulando aquellas burbujas con las que había comenzado mi viaje.

Así es el sueño. Indescriptible. En este quinto ciclo mi espacio parece más amplio, mis raíces más profundas y siento deseo de decorar mi muro de luz. Cada celda es un reto, pues según cómo se adorne parece tambalearse la barrera hacia el sueño. Trato de recordar los ciclos previos, buscando pistas y acertijos que el hilo conector retiene al atravesarlos, pero mis viejos trucos de ventanas ya no tienen sentido aquí.

Hace siete noches, amaneció mi compleja colmena de un negro desteñido, y por primera vez en este plano algo que no era un pájaro me habló para revelarme secretos del núcleomadre. Fue tan revelador que solo deseé tener la capacidad de habla para poder preguntar. Me dijo lo siguiente, lo recuerdo perfectamente, como si fuera una leyenda: todas sois como abejas solitarias que buscan el camino en un cristal traslúcido. Volvéis sobre los mismos senderos una y otra vez, os perdéis en las cortinas de gasa blanca, en los contornos de las aberturas, en los huecos de la estructura. Sentid la brisa, impregnaos de la fragancia, tocad a los seres etéreos, hablad con los pájaros, y sabed que cuando llega la noche siempre se exhala lo que nutre de día.

Hubo un silencio en el que resonaron los ecos de tales sentencias para tomar reposo en algún hueco de mi colmena, y la voz continuó: el suelo no es sólido, ni el subsuelo profundo, ni las raíces son vuestras, ni el núcleo es uno. Os agitáis en planos, os repetís en ciclos, y el hilo que une es vuestra guía. No retengáis memoria, no perdáis el sueño, no os rindáis al silencio, no hay tiempo ni movimiento.

Estuvo hablando por horas o segundos, y cada frase parecía acercarme a lo que llamó mundano. Me explicó con paciencia: lo cotidiano es la ausencia de pregunta, y suele estar presente en lo mundano, que es la pregunta sin respuesta. Perderse en el Mundo es anclarse en la necesidad de respuesta. Tú entiendes de ciclos, por lo que esto tal vez te resulte algo ajeno, pero trata de retener la arena de tus paredes por un instante, ¿alguna vez has intentado olerla? Probablemente sea molesto, pero y si fuese polvo de ilusión, y si fuese partículas mágicas, de esas que al adherirse te hacen levitar, entonces tu colmena sería sueño en estado puro.

Quise retenerla para toda la eternidad de planos, pero se perdió en sus propios ecos, dejando ‘un silencio que habla a grito quebrado, un incendio cada mañana’, como decía aquel poema que me regaló una vez un extraño en una ilusión pasajera.

Así me quedé ante mi enjambre de redondeces, algunas decoradas, otras, como un reclamo, dando sentido al nuevo ciclo que comenzaba a experimentar. Quedé muda ante el reto, y supongo que si conociese el movimiento estaría inmóvil, o eternamente agitada, contemplando los orificios casi simétricos que me mantenían entre el aletear de las bandadas y la fragancia del subsuelo. Entonces, comencé a pensar en árboles, a sentir los árboles, a oírlos. Las raíces palpitaban, el rumor colectivo se presentía en cada despertar. Y la brisa, siempre la brisa.

Hasta que un día algo se posó sobre mí. No sabía qué era, no podía verlo, no necesitaba nombrarlo. Se fue. Así se sucedieron distintos seres, y comencé a tener sentido del espacio. Podía saber dónde estaba arriba y dónde abajo, y si era un lateral o la retaguardia. Algunas veces tuve hasta la sensación de moverme, como si quisiese hablar en una lengua extraña que todavía no comprendía o que no era primordial entender. Hoy he desarrollado unas ramas que terminan en hojas verdes, algunos brotes anuncian flores de colores y frutos dulces y amargos. Será que tendré semillas que esparcirán los entes etéreos y se agarrarán a los seres de vuelo perenne.

Tengo un sueño en el que aparezco en un desierto infinito rodeada de manantiales, con otros árboles, antes sin ramas, que exhalan ahora aromas de oasis. En la lejanía se vislumbran caravanas que vienen de países lejanos con seres cuadrúpedos que buscan sombra, bajan de sus criaturas con sus pesadas cargas para tocar por un instante agua y raíces. Yo soy palmera de tallo largo, soy una hormiga, soy elefante.

En el sueño recurrente, el sentido no lo da el tiempo sino el caudal. De ahí que en algún cuento se diga relativo y en otro eterno. Mientras corren ríos profundos, la conexión es global. Y así me muevo en mi propia savia que entra en el espacio virtual. De nuevo floto, de nuevo el triplete y ascendiendo sin final.

Sueño con viento del norte, con paredes de gasa, con lluvia y atardeceres. Sueño en metáfora. Vivo en metáfora. Soy una abeja. Me muevo recogiendo polen para mi colmena, y a mi paso esparzo semillas ajenas. Lleno una de las redondas aberturas de mi habitáculo con miel blanca, que se escurre hasta el subsuelo. Veo que algunos pájaros hacen lo mismo sin colmena, agitando sus frágiles alas a una velocidad que ni mi imaginación puede contener. Me pregunto por qué no fabrican miel, y me instalo en el Mundo. Me invade una sensación de extrañeza pasajera, me proyecto escribiendo un libro con muchos pies de página, pero suena una melodía que me hace volver a mi raíz.

Aún no he despertado, pero siento que cuando lo haga, habrá menos frontera entre el despertar y el sueño. No entro en mundos prefabricados, ni en burbujas donde ya se cuentan cuentos. Las contemplo, como quien pasa por espejos más y menos bruñidos que se reflejan a sí mismos en infinitos planos, y sigo caminando o renaciendo en ciclo. El Mundo es un lugar donde habita lo onírico y se hace a veces difícil la palabra. Por eso, poesía:

Pasos en la nieve roja, un espacio blanco

Se derrite la vela negra en los muros, lloran algunos

A veces, una rosa fucsia, brilla la luz en la ventana

Un impulso de vino, huele a jazmín

En cada palabra un mundo… y algunos mundos pocas palabras

El perfume de lo profundo, el sonido de un oboe

Dicen dioses primigenios, superiores e inferiores

Dicen Uno fuera, otros dicen dentro

Y planos y ciclos y sueño y alegoría

Todos cuentan historias de un mundo perdido

Y cabalgan y levitan y ascienden y renacen

Profecías del subconsciente, en un latir insistente

Dos portones de piedra maciza que se abren lentamente

Y empujando el verso mundano, retomamos tiempos pasados

Ciclos errantes, huellas de arena, y un hilo circundante

sucumbiendo a los sentidos, como traidora de Soledad

Pero se apaga, luna menguante, dejando aroma de intimidad

Y alojados en lo terreno, que se hace nube, que tiene espuma

Arden los fuegos de hornos lejanos, oliendo a paja y árbol caído

En el límite de lo conocido. Más allá del raciocinio

Siempre latente, eternamente, deja fragancia de algo real

Siempre invisible, vive en silencio, incomprensible, indivisible

Oír la rosa, oler el cuadro, tocar el aire

Soñando libre, volando vamos en este plano

que otro quién sabe si se dará.


FIN


Retato e ilustraciones nº 1, 3, 4 y 5: #Avatar

Ilustración nº 2 y fotografía de nº 5: #Faraón

Fragancia del subsuelo (P. I)

Vivo en un mundo en el que cortar un árbol es un crimen penado con la inexistencia. Todas las mañanas las miembros de la comunidad salen por sus ventanas redondas, que salpican fachadas blancas granuladas de arena de mar. Las voces de los pájaros no cesan a su alrededor, porque solo saben piar, como si el mundo no les dejara volar. Pían y pían sin parar, y solo guardan silencio cuando forman bandadas que parten al amanecer en su camino, pues sienten el confortante placer de encajar, al menos en el tiempo que dure la jornada.

Cada miembro de la comunidad tiene su propio sistema de conexión en el subsuelo, que le permite estar informado y subsistir ante la aparente soledad. Sus ramificaciones en la inmensa red colectiva podrían atravesar océanos infinitos, océanos primigenios pensantes que palpitan al unísono. Unidos por la distancia, cada ser solitario emite su informe diario. Donde yo vivo la oscuridad a veces es tóxica, así que de día es importante saber nutrirse de lo que en la noche se expulsa. Las noches lunares son más íntimas. Emana en ellas el misterio de un astro que se hace evidente en la negrura.

En nuestro espacio, no hay movimiento. Cada miembro se nutre en su habitáculo indefinido de su conexión colectiva dentro de un tiempo dictado por ciclos y planos. Cada plano contiene una serie de ciclos que termina con un cambio de plano. Ni los ciclos ni los planos son simétricos. El número de ciclos necesario para cambiar de plano es aleatorio y cada plano tiene su dimensión propia. Así, no tenemos nacimientos ni cementerios. Brotamos en los planos, diseminados por pequeñas partículas suspendidas, que en ocasiones se pegan a los pájaros y logran viajar muy lejos. Siempre hemos pensado que los pájaros han sabido moverse en el tiempo finito porque las transportaban. Tal vez en algún plano pueda ser pájaro y entenderlo. Es un sueño recurrente.

Me siento en el inicio de un ciclo. Es el quinto de este plano. Existe un hilo, del que todas somos conscientes, que une estos ciclos. Es una raíz anclada en el subsuelo de nuestros habitáculos. La misma que sirve de conexión comunitaria. El mantenimiento de la conexión es fortuito, y si la conexión no ahonda en el núcleomadre que nos mantiene a todas, se puede producir un cambio de plano repentino. Los planos también están unidos de algún modo porque están superpuestos, pero de eso no se puede hablar. Solo los pájaros emiten sonido. Y a veces unos seres etéreos que mantienen el día y la noche en eterno flujo, y que forman parte de los ciclos.

En ocasiones, uno de estos seres se agita y vibra, como a veces lo hacen los pájaros, y nos emplea como instrumento. Entonces aparece el sueño. Es el momento en el que danza el sonido colorido. El sueño es un estado indescriptible. Atraviesa ciclos y planos, y emana de las raíces conectadas. Un día sentí un sueño peculiar. Venía de otro plano. A través de la conexión se encendió un resplandor intenso en el habitáculo. Normalmente es un espacio luminoso, blanco azulado, de neón natural, salvo en las noches sin luna.

Continúa: P. II

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